
Al lado de este monstruo, tipos como Ben Alí, Mubarak o incluso el lunático de Gadafi podrían ser considerados como hermanitas de la caridad.
En la dictadura de Sadam Hussein, las revueltas que estos días hemos visto en Túnez, Egipto y Libia habrían sido del todo impensables. Y la razón es sencilla: en el Irak previo a 2003 no había lugar para la discrepancia. Una simple sospecha del dictador bastaba para ejecutar a cualquiera, incluídos primos, cuñados y yernos. Según los cálculos, más de trescientas mil personas murieron por orden directa suya desde que llegó al poder en 1979. Alrededor de mil personas al mes, que se dice pronto.
Entre sus innumerables locuras están la de ordenar la detención y el asesinato de varios dirigentes de su propio partido durante una convención celebrada cinco días después su autoproclamación como presidente. Allí, ante la perplejidad del público, anunció una conspiración contra su gobierno y mandó detener a varios de los asistentes. Y mientras un hombre leía la lista de los supuestos conjurados, él se quedó sentado riéndose y fumando un puro. Empezaba el terror.

Otra anécdota cuenta que, tras dos años de guerra contra Irán, el dictador iraquí ofreció una tregua al régimen de Jomeini. Este se negó y dijo que continuaría la lucha hasta ver a Sadam fuera del poder. Cuando Sadam preguntó a su gabinete qué debería hacer, el ministro de Sanidad le sugirió que dimitiera temporalmente para aplacar los ánimos del ayatolá. Hussein agradeció esta sinceridad e inmediatamente después hizo que lo detuvieran y lo mataran. Al día siguiente, ordenó enviar una bolsa a la mujer con el cuerpo del ministro descuartizado.
Tampoco se libró su propia familia. Y es que Sadam Hussein planeó el atentado que acabó con la vida de su cuñado y mandó asesinar a los maridos de dos de sus hijas. Habían huído con ellas a Jordania y él les prometió que si volvían serían perdonados. Por supuesto, no cumplió su palabra.

Y así, una persona tras otra. Este era Sadam Hussein, responsable directo e indirecto de la muerte de más de dos millones de personas teniendo en cuenta su intento de invadir Irán, el genocidio kurdo, la desaparición de un millón de disidentes políticos, la anexión de Kuwait y tantos otros crímenes. Estaría bien que muchos de los que se suman hoy a la ola democratizadora de Oriente Medio y el norte de África lo recordaran.
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