lunes, 4 de abril de 2011

La renuncia

Solo desde la ceguera o el sectarismo se puede afirmar que Zapatero ya tenía pensado antes de instalarse en el Palacio de La Moncloa que no se presentaría a un tercer mandato. El que diga eso o no ha vivido en España los últimos siete años o forma parte de la corte de aduladores del presidente.

Zapatero se va obligado por las circunstancias. Tras su nefasta gestión de la crisis económica, primero negándola, después acusando a su predecesor de haberla provocado, más tarde intentando solucionarla a base de chequera y finalmente renunciando a sus señas de identidad de izquierdas para desarrollar un programa de recortes impuesto por Alemania, no le quedaba otra.

A diferencia de Aznar, que anunció oficialmente sus exequias políticas cuando todavía gozaba de una popularidad bastante elevada, Zapatero ha tenido que esperar a ver cómo el CIS le situaba como el presidente peor valorado de toda la democracia para decir que se marcha. Y no lo ha anunciado ahora porque sea un experto en calcular los tiempos (uno de los mitos más repetidos por sus acólitos), sino porque así nadie podrá achacarle los sucesivos batacazos electorales que se va a llevar su partido a partir del próximo 22 de mayo.


Porque si por algo se ha caracterizado Zapatero a lo largo de estos siete años ha sido por sus constantes triquiñuelas políticas y por su cobardía a la hora de afrontar los problemas. ¿Qué hizo cuando López Aguilar perdió las últimas Europeas? Esconderse y no dar la cara. ¿Qué hizo ante la última convención minera de Rodiezmo? Cancelar su presencia por miedo a los abucheos. ¿Qué está haciendo ahora en la precampaña de las autonómicas y municipales de 2011? Más de lo mismo.

Zapatero es un soberbio. Y si pensara que tiene alguna posibilidad de ganar las próximas generales, se presentaría sin dudarlo un instante. Y los mismos que hoy le aplauden y se emocionan con él, aplaudirían la decisión contraria. Pero se va para no asumir el coste del varapalo, para ser recordado como el candidato que nunca cosechó una derrota. Forma parte del mito que ha intentado construir de sí mismo, su famosa baraka, su suerte divina.

Por eso le pasa "el muerto" a otro, a ser posible peor que él. Le da igual que sea Rubalcaba o Chacón. El primero es más malo y la segunda, más simple. Los dos le harán bueno cuando ya no esté, tanto desde la oposición como desde el Gobierno.

2 comentarios:

  1. ME ENCANTA TU BLOG.

    http://ivanreguera.blogspot.com/

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  2. Muchas gracias Iván, lo mismo digo :) ¡Muy buen blog!

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