Ayer, cuando supe que Bin Laden había muerto, sentí paz. Y aunque sigo pensando que entrar en casa de una persona y ejecutarla sin siquiera darle la oportunidad de un juicio sobrepasa todos los límites de la moral y la ética, no pienso perder un minuto de mi tiempo en lamentarme por este hecho. Todo lo contrario. Me alegro de que ese psicópata ya no esté entre nosotros, al margen de las circunstancias en las que se haya podido producir su muerte. Me alegro por las víctimas que ha generado su odio y me alegro en especial por el pueblo estadounidense, que por fin ha encontrado una paz que llevaba buscando cerca de diez años. Es un sentimiento primario, lo sé, pero no voy a hacer el menor esfuerzo por apartarlo de mí, y eso sí lo hago conscientemente.
martes, 3 de mayo de 2011
Me alegro de que haya muerto
Matar a un ser humano siempre está mal. Hacerlo conscientemente y de forma premeditada no tiene justificación posible. Sin embargo, cuando ayer me enteré de la muerte por un tiro en la cabeza de Osama Bin Laden, no pude evitar que un sentimiento de alegría recorriera mi cuerpo. No fue algo consciente. Simplemente, volvió a mi cabeza aquella tarde soleada y tranquila de septiembre de 2001, en la que yo me encontraba en casa viendo Al Salir de Clase, y que de pronto fue interrumpida por un informativo especial. Unos locos estaban estrellando aviones contra las torres gemelas de Nueva York. Aquello cambió mi por entonces inocente percepción del mundo.
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