Hillary Clinton lleva 280 días sin dar una rueda de prensa. Sus partidarios dicen que la razón está en que los periodistas suelen ser machistas con ella y que le hacen preguntas que no le harían a un hombre, pero en mi opinión el motivo es mucho más simple: no se siente nada pero que nada a gusto respondiendo a preguntas aleatorias que no puede preparar como haría con cualquier entrevista en una cadena amiga. Y se pone tan incómoda porque no sabe afrontar situaciones en las que no lo tiene todo bajo control. Es decir, porque es insegura.
Si nos fijamos en su campaña, Clinton, a diferencia de Donald Trump, no da ni un solo discurso sin teleprompter. Necesita estar leyendo constantemente, tenerlo todo bajo control (a veces hasta hacer el ridículo). No sabe improvisar, y cuando lo hace, normalmente o se bloquea o pierde los nervios, ya sea sobreactuando de manera chirriante o, lo que es peor, dejando mostrar su enfado.
En el vídeo a continuación se ve claramente de lo que estoy hablando. Se trata de su primer viaje de campaña en el que la prensa la acompaña en el mismo avión. Ya desde el principio, Clinton aparece sobreactuando de mala manera, diciendo que está ‘excitadísima’ de estar montada en ese avión y ‘muy contenta’ de que la acompañen los periodistas. ‘Creo que está muy bien, ¿no?’, les dice sin salir de su sobreactuación. Cuando ve que no le ríen mucho la gracia, le llega a decir a uno que ‘se supone que tienes que decir sí’. Le incomoda hasta eso.
La escena resulta tan chirriante que llega a dar un poco de pena. Se huele su incomodidad a kilómetros, en un momento hasta respira hondo para quitarse el nerviosismo, y eso que la prensa sólo acierta a preguntarle qué tal le ha ido el fin de semana (menuda vergüenza de prensa, por cierto). Además, si está tan ‘contenta’ y tan ‘excitada’ (‘he estado esperando este momento tanto tiempo’, llega a afirmar) no se entiende por qué el encuentro apenas dura unos segundos antes de irse corriendo a su zona de confort alejada de los periodistas.
El gran problema de Hillary Clinton y uno de los motivos por los que estoy tan convencido de que no tiene ninguna posibilidad de ganar contra Trump es esa falta tan evidente de naturalidad y autenticidad. No está disfrutando nada de la campaña y se le nota demasiado que está desesperada por ganar las elecciones. Habla y se mueve como un robot y, salvo excepciones, es incapaz de transmitir ningún tipo de humanidad. Todo tiene que estar programado al milímetro. En este sentido, me parece lo más inteligente por su parte no celebrar ruedas de prensa: no le benefician en nada, y el daño que pueda hacerle el propio hecho de no dar la cara ante los periodistas compensa con creces el perjuicio que le supondría mostrar su falta de naturalidad más a menudo. Aún así, el pueblo americano la conoce desde hace décadas, todo el mundo sabe que es un personaje artificial.
Por cierto, ¿sabéis quién dejó de dar ruedas de prensa en campaña y se estrelló contra su rival en las elecciones?
lunes, 5 de septiembre de 2016
sábado, 3 de septiembre de 2016
Terceras elecciones
Intuí que habría terceras elecciones el mismo día que se anunció que en caso de celebrarse, éstas serían el 25 de diciembre. La fecha no está escogida al azar, sino que es una forma de que los votantes acepten sin siquiera tener que pensar en ello que tendrán que volver a las urnas. Eligiendo el día de Navidad, el debate se centra en la fecha mientras que las elecciones se dan por hecho. Obligas a pensar después de la venta, algo así como cuando un vendedor de coches, en vez de preguntarte si te gusta un coche, te pregunta si lo prefieres en manual o automático, haciendo que tu mente dé por hecho que ya has comprado el vehículo y que sólo tienes que elegir el tipo de transmisión. Es una manera efectiva de comprometer al cliente. Con la fecha de las elecciones pasa lo mismo.
¿A quién le interesa volver a las urnas? Obviamente al PP le interesa. Rajoy no tiene nada que perder si se celebran nuevos comicios, al revés, sólo puede ganar votos. Ahora mismo, es como si los votantes estuvieran viendo una película que al principio era interesante pero cuyo final se está haciendo demasiado largo y pesado. El problema es que el acomodador no les deja salir del cine hasta que la película termine. ¿Qué harán? Lo lógico es que se decanten por votar a quien tiene más posibilidades de ponerle punto y final.
Por el mismo motivo, Pedro Sánchez también saldría beneficiado de unas terceras elecciones. ¿Por qué? Porque aunque a un nivel racional pueda parecer que quien está bloqueando la formación de gobierno es él, en el subconsciente de los ciudadanos el principal problema son los nuevos partidos. Ellos son el acomodador que no les deja salir del cine. El votante acepta que el PSOE no tiene por qué apoyar al PP, después de todo esto siempre ha sido así, pero la aparición de dos nuevas fuerzas es algo nuevo y es el principal factor por el que ningún partido está consiguiendo mayoría suficiente para poder gobernar.
Si la oportunidad es alta y el riesgo es bajo, no veo por qué no iban a celebrarse nuevas elecciones. El PP y el PSOE son los culpables lógicos de no lograr ponerse de acuerdo, pero al fin y al cabo estamos acostumbrados a que no se pongan de acuerdo, y de hecho eso nos gusta, en eso consiste el juego político. Pero la culpa de que ninguno se acerque ni siquiera a una mayoría con la que poder formar gobierno es de la propia existencia de Podemos y Ciudadanos. Por eso a estos dos partidos no les interesa lo más mínimo volver a las urnas. Ahora todo depende de Pedro Sánchez, de si prefiere ser presidente a toda costa y liderar un gobierno de porcelana o repetir elecciones y deshacerse de dos fuerzas que le están quitando votos a su partido.
¿A quién le interesa volver a las urnas? Obviamente al PP le interesa. Rajoy no tiene nada que perder si se celebran nuevos comicios, al revés, sólo puede ganar votos. Ahora mismo, es como si los votantes estuvieran viendo una película que al principio era interesante pero cuyo final se está haciendo demasiado largo y pesado. El problema es que el acomodador no les deja salir del cine hasta que la película termine. ¿Qué harán? Lo lógico es que se decanten por votar a quien tiene más posibilidades de ponerle punto y final.
Por el mismo motivo, Pedro Sánchez también saldría beneficiado de unas terceras elecciones. ¿Por qué? Porque aunque a un nivel racional pueda parecer que quien está bloqueando la formación de gobierno es él, en el subconsciente de los ciudadanos el principal problema son los nuevos partidos. Ellos son el acomodador que no les deja salir del cine. El votante acepta que el PSOE no tiene por qué apoyar al PP, después de todo esto siempre ha sido así, pero la aparición de dos nuevas fuerzas es algo nuevo y es el principal factor por el que ningún partido está consiguiendo mayoría suficiente para poder gobernar.
Si la oportunidad es alta y el riesgo es bajo, no veo por qué no iban a celebrarse nuevas elecciones. El PP y el PSOE son los culpables lógicos de no lograr ponerse de acuerdo, pero al fin y al cabo estamos acostumbrados a que no se pongan de acuerdo, y de hecho eso nos gusta, en eso consiste el juego político. Pero la culpa de que ninguno se acerque ni siquiera a una mayoría con la que poder formar gobierno es de la propia existencia de Podemos y Ciudadanos. Por eso a estos dos partidos no les interesa lo más mínimo volver a las urnas. Ahora todo depende de Pedro Sánchez, de si prefiere ser presidente a toda costa y liderar un gobierno de porcelana o repetir elecciones y deshacerse de dos fuerzas que le están quitando votos a su partido.
viernes, 2 de septiembre de 2016
El viaje a Méjico
Si tras su viaje a Méjico alguien sigue pensando que Donald Trump puede perder las elecciones presidenciales de EE.UU., definitivamente vive en un estado de negación de la realidad. Este viaje no sólo ha reforzado la idea de que Trump siempre sale airoso de las situaciones mas delicadas como por arte de magia, sino que le ha servido para acabar de convencer a los indecisos y a los que estaban buscando una excusa para votarle de que no es un loco impulsivo y peligroso, sino todo lo contrario: alguien con un control absoluto de sí mismo, perfectamente capaz de modular su discurso y su comportamiento en función de las circunstancias. Es decir, lo que busca todo el mundo en un presidente.
Todo, desde la puesta en escena hasta el lenguaje gestual, incluso la riña posterior al encuentro, han cerrado cualquier posibilidad a Hillary Clinton no sólo de ganar la Casa Blanca, sino de no sufrir una derrota humillante en noviembre.
Empecemos por la puesta en escena. En una maniobra bastante arriesgada, el presidente mejicano, Enrique Peña Nieto, invitó a los dos candidatos presidenciales de EE.UU. a Méjico. Mi opinión es que Peña Nieto pretendía darse publicidad haciéndose la foto con Clinton y a la vez esperaba que Trump rechazara la invitación con alguna excusa. No le pudo salir más rana la jugada. Hillary Clinton aún no ha dicho esta boca es mía con respecto a la invitación, y Trump no dudó ni un segundo en aprovechar esta oportunidad de oro caída del cielo para estrenarse como diplomático y hombre de Estado y que todo el mundo viera que puede ser «la persona más presidencial» del mundo, como le gusta decir.
Y dicho y hecho. Casi sin que diera tiempo a procesar el anuncio, Trump se presentó en Méjico y mantuvo una reunión «muy agradable y muy productiva» con Peña Nieto, en palabras de una portavoz. La verdad es que no cabía esperar otra cosa. Como adelanté en Twitter horas antes de que se produjera el encuentro, era impensable que el presidente mejicano se aventurara a un enfrentamiento personal y en directo con alguien que en dos meses le podría hacer la vida imposible como líder de la primera potencia mundial y como vecino. Esto es algo que ningún presidente habría olvidado jamás, y con razón.
Las imágenes de la rueda de prensa posterior al encuentro son impagables. Trump acaparando toda la atención, desprendiendo seguridad y autoridad por los poros. Peña Nieto más bien achantado, casi sumiso ante esa figura poderosa que ya daba toda la sensación de ser un presidente experimentado. Trump no se bajó del burro, y aunque por motivos evidentes no utilizó el lenguaje que suele utilizar cuando se refiere a Méjico en un mitin («no es nuestro amigo», «nos está matando»), se mantuvo en sus trece de que va a construir un muro y que renegociará los tratados comerciales. Por si fuera poco, el presidente mejicano le dio la razón al reconocer que la frontera entre EE.UU. y Méjico no es segura y que el tratado de libre comercio es mejorable. Luego llegaron las preguntas, se suponía que no iba a haber, pero aquí Trump volvió a tomar la iniciativa aceptando una pregunta y respondiendo el primero.
Durante todo el encuentro, Donald Trump parecía más el anfitrión que el invitado, como el César pasando revista a las tribus subordinadas de las Galias diciéndoles que hay que mejorar esto y aquello, pero que todo está bien y que siguen siendo amigos. Fue una imagen de autoridad y liderazgo que no se ha visto en décadas en un presidente estadounidense. ¡Y todavía es un simple candidato! Con razón los periodistas y politólogos que cubren la campaña y que son en su mayoría pro-Clinton echaban humo por las orejas tras este encuentro. No se lo perdonarán fácilmente a Peña Nieto.
Por si esto no fuera suficiente, a los dos días del encuentro, en un intento de intercambio de tuits que Donald Trump ignoró por completo y en intervenciones y entrevistas de consumo interno, el presidente mejicano intentó mostrar pose de gallito afirmando que en su reunión con Trump le había dejado claro que Méjico no pagará por el muro. ¿Cuál es el problema? Que en la rueda de prensa anterior, la única pregunta que hicieron los periodistas fue ésa, si habían hablado de quién iba a pagar el muro, y entonces Trump dijo que ese tema no se había tocado y que se hablaría en el futuro. Y Peña Nieto, que estaba delante, no lo desmintió. La imagen que queda de la disputa posterior es la de Trump como un personaje cuya sola presencia impone respeto, incluso a un líder extranjero y siendo un simple candidato. ¿Qué no será capaz de conseguir sentado en la silla del Despacho Oval?
Todo lo que necesitaba Donald Trump para asegurarse la presidencia era actuar de forma presidencial. Y en su visita a Méjico lo ha bordado. En un país que está en modo depresivo, por decirlo de alguna manera, donde casi dos tercios de la población creen que se está yendo por el camino incorrecto, donde todo el mundo está harto de escuchar promesas sin ver resultados, que alguien que les está prometiendo el paraíso en la Tierra y «hacer América grande otra vez», que no se cansa de repetir que va a luchar por ellos y ganar por ellos, se desenvuelva de esta manera ante un líder extranjero de quien han oído que les está haciendo la puñeta en temas como la seguridad y el comercio es mucho más de lo que necesitan para votarle en masa.
Más cuando la alternativa es alguien como Hillary Clinton, con una falta de iniciativa y de energía asombrosas en un candidato presidencial: aún no ha respondido a la invitación de ir a Méjico, no se ha dignado a pisar Luisiana tras las inundaciones, no da ruedas de prensa y apenas celebra un mitin por semana. Nuevamente, da la sensación de que está esperando que alguien haga todo el trabajo por ella. Su única baza para no perder de forma humillante era conseguir hacer calar la idea de que Trump está loco y que su temperamento no le permite ser presidente, pero con este viaje (y sospecho que en los debates, al menos en el último, se comportará de forma muy presidencial) ha vuelto a demostrar que tiene un gran control de sí mismo, que modula su discurso a voluntad y que esa personalidad a lo Dr. Jeckyll y Mr. Hyde que ha adoptado en la campaña es simplemente su forma de negociar, y además es muy efectiva. (Sin ir más lejos, Méjico ya acepta que habrá muro, algo a lo que se negó visceralmente en un principio, y ahora solo lucha por no pagarlo).
Es metafísicamente imposible ganar contra esto. De hecho, es imposible no sufrir una derrota catastrófica contra esto. Sobre todo un político como Hillary Clinton, con fama de ser justo lo contrario y de estropear cada cosa que toca. Está de moda entre los mismos ‘expertos’ que no han acertado ni una sola predicción sobre Trump decir que el Partido Republicano no se recuperará de Trump, pero lo cierto es que quienes no se van a recuperar del binomio Obama-Clinton en mucho tiempo son los Demócratas. Desde luego no con este presidente, que es una versión reforzada del carisma de Ronald Reagan, pero aún más avispado y con más energía.
¿Las encuestas? Ni caso. No soy partidario de teorías conspirativas ni creo para nada que estén manipuladas para beneficiar a Clinton. Tampoco soy de los que piensa que hay un votante oculto de Trump que no se atreve a reconocer su voto. De hecho, creo que si hay un votante avergonzado es el de Clinton, y que el de Trump está deseando gritar a los cuatro vientos que quiere darle una patada al establishment de Washington. Pero sí creo que se están haciendo mal, que el universo electoral no está bien reflejado y que no se está preguntando a la gente adecuada. Pasó con con las primarias (el gurú Nate Silver le dio cero posibilidades de lograr la nominación), pasó con Brexit, pasó en España el 26J y ha pasado incontables veces. Si se repite la tendencia de las primarias republicanas, la victoria de Trump se va a edificar sobre todo en gente que nunca ha votado, en nuevos votantes que las encuestas no están teniendo en cuenta.
Todo, desde la puesta en escena hasta el lenguaje gestual, incluso la riña posterior al encuentro, han cerrado cualquier posibilidad a Hillary Clinton no sólo de ganar la Casa Blanca, sino de no sufrir una derrota humillante en noviembre.
Empecemos por la puesta en escena. En una maniobra bastante arriesgada, el presidente mejicano, Enrique Peña Nieto, invitó a los dos candidatos presidenciales de EE.UU. a Méjico. Mi opinión es que Peña Nieto pretendía darse publicidad haciéndose la foto con Clinton y a la vez esperaba que Trump rechazara la invitación con alguna excusa. No le pudo salir más rana la jugada. Hillary Clinton aún no ha dicho esta boca es mía con respecto a la invitación, y Trump no dudó ni un segundo en aprovechar esta oportunidad de oro caída del cielo para estrenarse como diplomático y hombre de Estado y que todo el mundo viera que puede ser «la persona más presidencial» del mundo, como le gusta decir.
Trump va allí para reforzar su imagen presidencial y Peña Nieto no va a retar a quien dentro de dos meses puede ser el presidente de EE.UU.— Alonso (@alonso_dm) August 31, 2016
Y dicho y hecho. Casi sin que diera tiempo a procesar el anuncio, Trump se presentó en Méjico y mantuvo una reunión «muy agradable y muy productiva» con Peña Nieto, en palabras de una portavoz. La verdad es que no cabía esperar otra cosa. Como adelanté en Twitter horas antes de que se produjera el encuentro, era impensable que el presidente mejicano se aventurara a un enfrentamiento personal y en directo con alguien que en dos meses le podría hacer la vida imposible como líder de la primera potencia mundial y como vecino. Esto es algo que ningún presidente habría olvidado jamás, y con razón.
Las imágenes de la rueda de prensa posterior al encuentro son impagables. Trump acaparando toda la atención, desprendiendo seguridad y autoridad por los poros. Peña Nieto más bien achantado, casi sumiso ante esa figura poderosa que ya daba toda la sensación de ser un presidente experimentado. Trump no se bajó del burro, y aunque por motivos evidentes no utilizó el lenguaje que suele utilizar cuando se refiere a Méjico en un mitin («no es nuestro amigo», «nos está matando»), se mantuvo en sus trece de que va a construir un muro y que renegociará los tratados comerciales. Por si fuera poco, el presidente mejicano le dio la razón al reconocer que la frontera entre EE.UU. y Méjico no es segura y que el tratado de libre comercio es mejorable. Luego llegaron las preguntas, se suponía que no iba a haber, pero aquí Trump volvió a tomar la iniciativa aceptando una pregunta y respondiendo el primero.
Durante todo el encuentro, Donald Trump parecía más el anfitrión que el invitado, como el César pasando revista a las tribus subordinadas de las Galias diciéndoles que hay que mejorar esto y aquello, pero que todo está bien y que siguen siendo amigos. Fue una imagen de autoridad y liderazgo que no se ha visto en décadas en un presidente estadounidense. ¡Y todavía es un simple candidato! Con razón los periodistas y politólogos que cubren la campaña y que son en su mayoría pro-Clinton echaban humo por las orejas tras este encuentro. No se lo perdonarán fácilmente a Peña Nieto.
Por si esto no fuera suficiente, a los dos días del encuentro, en un intento de intercambio de tuits que Donald Trump ignoró por completo y en intervenciones y entrevistas de consumo interno, el presidente mejicano intentó mostrar pose de gallito afirmando que en su reunión con Trump le había dejado claro que Méjico no pagará por el muro. ¿Cuál es el problema? Que en la rueda de prensa anterior, la única pregunta que hicieron los periodistas fue ésa, si habían hablado de quién iba a pagar el muro, y entonces Trump dijo que ese tema no se había tocado y que se hablaría en el futuro. Y Peña Nieto, que estaba delante, no lo desmintió. La imagen que queda de la disputa posterior es la de Trump como un personaje cuya sola presencia impone respeto, incluso a un líder extranjero y siendo un simple candidato. ¿Qué no será capaz de conseguir sentado en la silla del Despacho Oval?
@EPN ¿Y por qué no se atrevió a decírselo de frente a Trump en la conferencia de prensa frente a decenas de periodistas?— JORGE RAMOS (@jorgeramosnews) September 1, 2016
Todo lo que necesitaba Donald Trump para asegurarse la presidencia era actuar de forma presidencial. Y en su visita a Méjico lo ha bordado. En un país que está en modo depresivo, por decirlo de alguna manera, donde casi dos tercios de la población creen que se está yendo por el camino incorrecto, donde todo el mundo está harto de escuchar promesas sin ver resultados, que alguien que les está prometiendo el paraíso en la Tierra y «hacer América grande otra vez», que no se cansa de repetir que va a luchar por ellos y ganar por ellos, se desenvuelva de esta manera ante un líder extranjero de quien han oído que les está haciendo la puñeta en temas como la seguridad y el comercio es mucho más de lo que necesitan para votarle en masa.
Más cuando la alternativa es alguien como Hillary Clinton, con una falta de iniciativa y de energía asombrosas en un candidato presidencial: aún no ha respondido a la invitación de ir a Méjico, no se ha dignado a pisar Luisiana tras las inundaciones, no da ruedas de prensa y apenas celebra un mitin por semana. Nuevamente, da la sensación de que está esperando que alguien haga todo el trabajo por ella. Su única baza para no perder de forma humillante era conseguir hacer calar la idea de que Trump está loco y que su temperamento no le permite ser presidente, pero con este viaje (y sospecho que en los debates, al menos en el último, se comportará de forma muy presidencial) ha vuelto a demostrar que tiene un gran control de sí mismo, que modula su discurso a voluntad y que esa personalidad a lo Dr. Jeckyll y Mr. Hyde que ha adoptado en la campaña es simplemente su forma de negociar, y además es muy efectiva. (Sin ir más lejos, Méjico ya acepta que habrá muro, algo a lo que se negó visceralmente en un principio, y ahora solo lucha por no pagarlo).
Es metafísicamente imposible ganar contra esto. De hecho, es imposible no sufrir una derrota catastrófica contra esto. Sobre todo un político como Hillary Clinton, con fama de ser justo lo contrario y de estropear cada cosa que toca. Está de moda entre los mismos ‘expertos’ que no han acertado ni una sola predicción sobre Trump decir que el Partido Republicano no se recuperará de Trump, pero lo cierto es que quienes no se van a recuperar del binomio Obama-Clinton en mucho tiempo son los Demócratas. Desde luego no con este presidente, que es una versión reforzada del carisma de Ronald Reagan, pero aún más avispado y con más energía.
¿Las encuestas? Ni caso. No soy partidario de teorías conspirativas ni creo para nada que estén manipuladas para beneficiar a Clinton. Tampoco soy de los que piensa que hay un votante oculto de Trump que no se atreve a reconocer su voto. De hecho, creo que si hay un votante avergonzado es el de Clinton, y que el de Trump está deseando gritar a los cuatro vientos que quiere darle una patada al establishment de Washington. Pero sí creo que se están haciendo mal, que el universo electoral no está bien reflejado y que no se está preguntando a la gente adecuada. Pasó con con las primarias (el gurú Nate Silver le dio cero posibilidades de lograr la nominación), pasó con Brexit, pasó en España el 26J y ha pasado incontables veces. Si se repite la tendencia de las primarias republicanas, la victoria de Trump se va a edificar sobre todo en gente que nunca ha votado, en nuevos votantes que las encuestas no están teniendo en cuenta.
lunes, 8 de agosto de 2016
Por qué una victoria de Hillary es mala para las mujeres
Hillary Clinton no es capaz de alcanzar ninguno de sus objetivos sin hacer trampas. A estas alturas, ni siquiera sus más firmes partidarios pueden negar esto. Lo hemos visto infinidad de veces, empezando por el uso que hace del apellido de su marido y acabando por los 20.000 e-mails del Comité Nacional Demócrata destapados por Wikileaks, que confirman que amañó las primarias de su partido para garantizarse la victoria sobre su rival, Bernie Sanders.
Ahora, en su camino a la Casa Blanca, cuenta además con el apoyo incondicional de todos los medios de comunicación de masas no sólo norteamericanos, sino de Occidente entero, para intentar alcanzar su sueño de ser la primera presidenta mujer de EE.UU. frente a un candidato que rema en contra del viento y que representa exactamente todo lo contrario que ella. De hecho, esos mismos medios han convertido el escándalo de los e-mails (los cuales ni siquiera se han molestado en abrir) en una teoría conspirativa sobre si Donald Trump, al que a la vez acusan de 'ultra-nacionalista', estaría trabajando para una potencia extranjera.
¿De verdad es éste un buen curriculum para la primera mujer presidenta de EE.UU? ¿En qué puede favorecer a las mujeres en general o a la lucha feminista en particular que la primera mujer que llega a la Casa Blanca sea una con esa imagen de que no se puede valer por sí misma, de que necesita que le den un empujoncito para alcanzar cualquier cosa? Incluso sus más acérrimos defensores son perfectamente conscientes de que sin el apellido Clinton, sin el apoyo de su marido y de Obama, sin un FBI haciendo la vista gorda ante delitos por los que otros han entrado en prisión y sin una élite mediática totalmente entregada a ella, Hillary ya estaría acabada.
Si gana en noviembre, el único mensaje que extraerá el mundo es que en EE.UU., a diferencia de otros países como el Reino Unido o Alemania, las mujeres necesitan ayuda para ganar. Sí, todos aplaudirán que haya una mujer en la Casa Blanca y dirán que se ha hecho historia, pero por dentro también sabrán que esa mujer llegó ahí jugando con ventaja y haciendo trampas.
viernes, 5 de agosto de 2016
Por qué Trump vencerá en noviembre, otro enfoque
Los que leéis este blog sabéis que normalmente baso mis predicciones políticas en estados de ánimo y capacidades persuasivas en vez de en hechos y datos racionales como encuestas y noticias de televisión. Hoy voy a saltarme esta regla para explicar por qué Donald Trump, a pesar de las últimas encuestas y todo el ruido en su contra, va a ganar las elecciones de EE.UU. con mayoría aplastante.
Partamos de la premisa de que este ciclo electoral no es normal. Las reglas han cambiado. Si no fuera así, todo el mundo habría previsto la victoria arrolladora de Trump en las primarias del Partido Republicano, pero fue justamente al revés. Nadie daba un duro por él hasta que se comió con patatas y sin despeinarse a 16 candidatos del GOP, varios de ellos muy potentes.
¿Qué nos dicen estas primarias? En 2008, el Partido Republicano aglutinó a 21 millones de votantes en sus primarias. En 2009, este número se redujo a 19 millones. Pero este año, más de 30 millones de estadounidenses han votado en las primarias del GOP. Es decir, unos 10 millones de personas más que en 2008. Se supone que por el fenómeno Trump.
¿Qué ha pasado en el Partido Demócrata? Justo lo contrario. De atraer a 38 millones de votantes en sus primarias de 2008 ha pasado a reunir a unos 30 millones en 2016. 8 millones de votos menos. Estos números implican un cambio en favor de los republicanos de entre 17 y 18 millones de votos. Por si fuera poco, Trump ganó las primarias con alrededor de un millón y medio de votos más que cualquier otro candidato de la historia del GOP (y eso que tenía a 16 rivales en frente), mientras que Hillary Clinton obtuvo cerca de un millón y medio de votos menos que ella misma en las primarias de 2008.
Sigamos. Barack Obama ganó las elecciones de 2008 atrayendo a 70 millones de estadounidenses a su 'Yes we can', el mayor número de votos de un candidato presidencial y 10 millones más que su rival John McCain. Sin embargo, y a pesar de su naturaleza histórica y su enorme popularidad, en 2012 Obama se convirtió en el primer presidente en siete décadas en revalidar su victoria con menos voto popular que la vez anterior, perdiendo unos tres millones y medio de votos y reduciendo su ventaja sobre el nuevo rival a 5 millones. Y para ello, necesitó atraer nada menos que al 93% del voto afroamericano.
Hillary Clinton no tiene la menor posibilidad de superar los números de Obama. Además de un larguísimo historial político plagado de escándalos y comportamientos que bordean la ley, es mucho menos popular, tiene menos carisma y no insipira ningún entusiasmo en el electorado. En otras palabras, Trump no cae bien a muchos, pero Hillary no cae bien a nadie.
En 2012, de los 235 millones de estadounidenses con derecho a voto, sólo votaron 129 millones. Ambos partidos, Demócrata y Republicano, se dejaron 106 millones de votos en el tintero. Y ya hemos visto que este año ni un solo experto o politólogo ha acertado ni remotamente en sus predicciones sobre la temporada de primarias.
Por la propia naturaleza de Trump, este año todas las reglas de la política estadounidense han cambiado. Y en consecuencia, los medios de comunicación y los politólogos no tienen ni idea de lo que está pasando. Lo que sí han podido ver todos es cómo sus viejos trucos de manual de politología han ido chocando uno a uno contra el muro Trump, hasta el punto de que no han conseguido ni despeinarle y millones de dólares en anuncios contra él han ido directamente a la basura.
En definitiva, con Trump hemos visto cómo su candidatura ha atraído a un montón de nuevos votantes de todos los rincones del país al Partido Republicano. Así logró machacar a 16 oponentes en las primarias. Y así machacará previsiblemente a Hillary Clinton en las elecciones presidenciales.
domingo, 24 de julio de 2016
Por qué hay gente que odia a Donald Trump
A estas alturas de la campaña presidencial, Donald Trump tiene el control absoluto de los medios de comunicación, la narrativa y la atención del pueblo estadounidense. Sin embargo, aún hay quien cree que es imposible que gane las elecciones. ¿Por qué? Por prejuicios. En su visión simplista del mundo, mucha gente cree que hay dos tipos de personas:
- Ellos, que son enormemente sofisticados y están en posesión de la verdad absoluta.
- Los demás, que somos enormemente tontos y no entendemos su sofisticación ni su inteligencia.
Este reduccionismo ha llevado a muchos a dar por hecho que todo aquel que apoye a Trump sólo puede ser un estúpido o un malvado. Así de simple. No se requiere pensar más. Así que cuando al principio el magnate daba sus mítines en estadios abarrotados, pensaron: «Bueno, vale, hay un porcentaje pequeño de gente idiota, fanática y muy movilizada –tal vez un 20%– a la que le gusta un tipo como Trump. Pero es imposible que gane, el sistema lo depurará».
Pasado un tiempo, empezó a quedar claro que ese apoyo era bastante superior al 20%, Trump ganó las primarias del Partido Republicano y entonces empezaron a reelaborar sus teorías: «Vaya, tal vez hay un 40% o un 50% de estadounidenses que apoyan a Trump. ¡Qué vergüenza de país! ¡Si gana habrá que huir a Canadá!». (Porque México es un asco, claro).
En noviembre, Trump se merendará a Hillary Clinton, y entonces esta élite arrogante tendrá dos opciones: replantearse sus prejuicios o pensar que todo el mundo se ha vuelto loco excepto ellos. Como requiere coraje admitir que uno no tiene respuestas para todo, seguramente la mayoría se decantará por la segunda opción.
Partiendo de esta premisa, ver a algunos politólogos y analistas intentar conceptualizar el por qué del éxito de Donald Trump es como ver a un gato intentando atrapar un puntero láser. La gente no le vota porque sea idiota o malvada. Donald Trump conecta con muchos y muy variados segmentos de la sociedad. Así de fácil. También es mucho más reflexivo y astuto de lo que sus adversarios pueden entender, y su estilo grandilocuente entretiene mucho más de lo que ninguno se atreve a admitir, aunque luego a todos se les escape una sonrisa cada vez que suelta alguna de las suyas.
La gente le vota, principalmente, porque hasta ahora ha sido el único que se ha plantado frente a un modelo de corrección política completamente absurdo y sin sentido que apenas representa los intereses de nadie. Y lo ha hecho de una manera que no hemos visto en la vida. Él apela directamente a asuntos que afectan a las personas. Y no le importa si resulta que alguien cuya vida consiste en ofenderse permanentemente por todo se ofende un poquito más.
Los odiadores profesionales de Trump pueden llorar y patalear todo lo que quieran, pueden pensar que todo el mundo es mucho menos sofisticado que ellos. Mientras tanto, los demás nos lo estamos pasando en grande.
La mayoría de los políticos que conocemos están donde están porque necesitan estar ahí. Desde Hillary Clinton hasta Pablo Iglesias, pasando por Marine Le Pen, todos tienen la necesidad de demostrar al mundo y a ellos mismos que son los mejores, que pueden ganar. Ésa es su principal motivación, por eso a menudo se les ve tan desesperados.
Donald Trump no. Trump simplemente se lo está pasando bien. Por eso es tan genuino. A diferencia del resto de políticos, él no necesita ser presidente para validar su carrera. Él ya es rico, más de lo que cualquier político al uso será jamás. Y ya es una leyenda, así que aunque perdiera las elecciones, no pasaría nada. Él ya es feliz.
Por supuesto, esto no significa que sea un santo. A Trump le gusta ganar, como a todo el mundo, pero no está desesperado por hacerlo. Y es verdad que lucha y embiste como un gallo de pelea, pero disfruta y se ríe mientras lo hace. A Trump lo que le motiva y le divierte es el propio juego.
De ahí su sonrisa de hijo de puta, ésa que hace que tantos pierdan los nervios nada más verle. En realidad, no le pueden aguantar porque se lo pasa bien. Odian ver a alguien genuino, existoso y feliz. Así de simple. Así de triste. Por supuesto dirán que se trata de sus políticas, pero el motivo real es que simplemente disfruta. Esto es algo que se ve claramente cuando, por ejemplo, un político convencional se rodea de un grupo de votantes y hace ver que está pasando un rato agradable. La escena resulta tan chirriante que da hasta vergüenza ajena. Se puede leer la sensación de incomodidad y auto-humillación en su rostro.
Trump no tiene nada que ver con eso. Él simplemente está disfrutando. Y como resultado, atrae a otras personas a las que también les gusta disfrutar.
jueves, 21 de julio de 2016
Cómo la prensa es el mejor aliado de Trump
Desde el punto de vista de la lógica y la razón, la convención del Partido Republicano en Cleveland está siendo un absoluto desastre para Donald Trump. Amagos de sabotaje desde el primer día, discursos plagiados y un peso pesado del GOP como es Ted Cruz negándose a avalar al vencedor de las primarias. Con este panorama, no es de extrañar que muchos periodistas y analistas políticos se estén frotando las manos.
Veamos sin embargo lo que ha pasado desde una perspectiva más irracional, o dicho de otra manera, veamos las conexiones automáticas e inconscientes que va a hacer el cerebro de un votante con todo lo que le está llegando a través de la prensa, la televisión y las redes sociales.
Empecemos con los amagos de sabotaje. Desde el principio, la prensa ha estado vendiendo que varios delegados de la facción anti Trump intentaron bloquear su nominación hasta el último minuto. ¿Qué pasó? Que Trump acabó siendo nominado y de estos delegados nunca más se acordará nadie. ¿Cómo interpreta esto el cerebro de un votante que lleva meses recibiendo información sobre Trump? Hay muchas lecturas, desde caos hasta división, pero una idea que sin duda se va a reforzar en su mente es la de un Donald Trump nuevamente victorioso ante una vicisitud.
La prensa lleva más de un año diciendo que Trump no iba a llegar a ninguna parte: primero, que no iba a pasar del primer debate; luego, que sería imposible destronar a la dinastía Bush; más tarde, que los votantes republicanos se unirían en torno a uno de los candidatos en liza para frenarle; después, que aunque ganara las primarias no alcanzaría los delegados necesarios y habría una convención abierta. Y suma y sigue. Pero a estas alturas, el subconsciente de los votantes sólo ve esto de dos maneras: o Trump tiene una flor donde la espalda pierde su nombre o es un candidato brillante y un vencedor nato. De hecho, la gente ya no se pregunta si será capaz de superar un obstáculo –todos dan por hecho que lo hará–, la única pregunta es cómo lo hará, qué As se sacará de la manga.
Además, nótese cómo en este caso Trump ni siquiera ha tenido que hacer nada; simplemente las reglas del Partido Republicano establecen que él tenía que ser el nominado, sí o sí. Con lo cual, una vez más, la prensa, en su ánimo de hacerle daño, lo único que ha conseguido es reforzar esa imagen de Trump como estratega implacable y vencedor impertérrito. ¿Es bueno para un candidato a dirigir un país que la gente vea cómo uno tras otro supera todos los obstáculos habidos y por haber? Evidentemente sí, y más si lo comparamos con alguien como Hillary Clinton, cuya fama de estar cometiendo errores continuamente traspasa fronteras. De hecho, con ella la pregunta es quién la va a rescatar de un lío, si Obama, su marido Bill o el FBI.
Sigamos por el asunto Melania. Melania es la mujer de Donald Trump. El segundo día de convención dio un discurso del que en seguida se descubrió había sido plagiado de otro de Michelle Obama en 2008. ¿Qué pasó al día siguiente? Que su imagen estuvo en todas las televisiones y en las redes sociales junto a la de la actual primera dama de Estados Unidos.
¿Qué conexión hizo el cerebro de un estadounidense al ver a estas dos figuras juntas, en todas las cadenas de TV y a todas horas, leyendo el mismo discurso? Automática e irremediablemente, su subconsciente vio aquí a dos primeras damas. ¿Es bueno para Trump que la gente se imagine a su mujer como si ya fuera primera dama? Pues sí. Y es que aquí puede aplicarse la misma regla básica del márketing por la cual un vendedor de coches, en vez de preguntarte si te gusta un determinado modelo, te pregunta si te gusta más en manual o automático o en blanco o negro. Lo que está haciendo con ese pequeño truco es persuadirte para que des por hecho que el coche ya te gusta, y que sólo tienes que decidir si lo quieres de uno u otro color. Aunque parezca mentira, esta técnica tan simple funciona muy bien en ventas, y la campaña de Trump la usa constantemente.
¿Trump hizo esto adrede? No lo sé, aunque más bien creo que fue un golpe de suerte inconsciente. Es difícil creer que alguien pueda utilizar así a su propia mujer, poniéndola en una situación tan embarazosa delante de todo el planeta. Pero el hecho es que al final le ha beneficiado en parte. Sí, Melania Trump puede haber quedado como una primera dama plagiadora y poco cualificada, incluso ridícula, pero como una primera dama al fin y al cabo. Y eso convierte a Trump en un presidente. Y para el cerebro es más fácil votar a alguien si ya se lo imagina siendo presidente.
Vayamos ahora con el discurso de Ted Cruz. Una vez más, los medios de comunicación han vendido la negativa a apoyar a Trump por parte de este senador como otra prueba de que el Partido Republicano está dividido y vive en un caos interno. Y tienen razón. Y además la experiencia nos dice que a los votantes no les gustan los partidos divididos. Sin embargo, ya hemos visto que Trump juega con otras reglas, y que el caos en el fondo le beneficia. Y además, ¿qué pasó realmente con este discurso? Si nos fijamos, los titulares tras el mismo fueron dos: que Cruz se negó a avalar la candidatura de Trump y que salió abucheado de la convención.
¿Cómo puede ayudar esto a Trump desde un punto de vista emocional? Lo cierto es que Ted Cruz es un candidato demasiado escorado a la derecha, sin ninguna posibilidad real de ganar unas elecciones presidenciales a no ser que en frente tenga a un candidato que se declare comunista. Pero ahora mismo, Trump ya tiene garantizado el voto de esa derecha. O mejor dicho, ninguno de los votantes de Cruz va a contribuir a darle la presidencia a Hillary Clinton. En cambio, que alguien como Cruz, con esa pinta de predicador ambulante del Medio Oeste, se aleje de Trump sí puede ayudar a éste a rascar votos entre los votantes de Bernie Sanders.
¿Por qué? Uno de los mensajes más repetidos por los medios de comunicación durante toda la campaña ha sido, entre otras cosas, que estas elecciones son una contienda entre el sistema y el populismo. ¿Benefician a Trump las tensiones con los viejos cuadros y el establishment de su partido? De cara a los votantes que se sientan cómodos con el establishment, probablemente no. Pero de cara a los que quieren ver a un outsider en la Casa Blanca, seguramente sí. Y aquí es donde entran en juego los votantes de Bernie Sanders. Además, el hecho de que Cruz saliera abucheado de la convención contrubuye a esa imagen de Trump como un solucionador de problemas nato, alguien que siempre gana.
El caso de esta convención es sólo un pequeño ejemplo. Toda la campaña de Trump se ha basado en esa estrategia de apelar directamente a las emociones y olvidar por completo datos, cifras y razones. La misma propuesta de crear un muro gigantesco con una puerta preciosa en la frontera con México no es más que una forma visual de decirle a los electores que él va a reconstruir América. Y es que lo construya o no, lo que probablemente visualiza un votante cada vez que oye hablar de ese muro es una obra farónica, como las pirámides de Egipto, la muralla china o el mismo skyline de Nueva York. ¿Y qué evocan las obras faraónicas? Poder. Prosperidad. ¿Y qué saben de Trump los votantes? Que siempre consigue lo que quiere.
Parece mentira que a estas alturas de la película, los medios de comunicación aún no hayan entendido que el magnate no se rige por las reglas del juego habituales de la política. Siguen pensando que es tonto o que está loco, y es justo todo lo contrario. Trump utiliza la persuasión como nadie y es muchísimo más inteligente que todos los que llevan enterrándole y festejando su funeral político desde el minuto uno. De hecho, ese odio que despierta en sus adversarios y ese miedo que infunde en parte de la opinión pública son también emociones irracionales basadas principalmente en su forma de ser y hablar. En realidad, nada en su discurso ni en su trayectoria personal y profesional hace presagiar que vaya a ser un peligro o que sea una persona odiosa, desde luego no más que su contrincante. Por ejemplo:
Nadie llega a donde ha llegado Trump siendo un loco o un tonto. Nadie llega a los 70 años con un imperio empresarial como el suyo siendo un idiota, un chiflado o actuando al tuntún. Se diga lo que se diga, de las alrededor de 500 empresas que ha creado, ha tenido que cerrar unas 10 ó 15, lo cual para un emprendedor que siempre está ensayando nuevos modelos de negocio es un éxito sin paliativos y seguramente sin precedentes. Ha triunfado en la construcción, en la hostelería, en la televisión; sus libros son best sellers y ahora está triunfando también en la política. Y sin apenas haber invertido un dólar en su campaña, simplemente manejando a su antojo a la misma prensa arrogante que se ríe de él. Ella es su mejor aliado. Los periodistas y politólogos harían bien en estudiar a Trump y aprender de él en lugar de celebrar una derrota que parece que nunca llega.
Veamos sin embargo lo que ha pasado desde una perspectiva más irracional, o dicho de otra manera, veamos las conexiones automáticas e inconscientes que va a hacer el cerebro de un votante con todo lo que le está llegando a través de la prensa, la televisión y las redes sociales.
Empecemos con los amagos de sabotaje. Desde el principio, la prensa ha estado vendiendo que varios delegados de la facción anti Trump intentaron bloquear su nominación hasta el último minuto. ¿Qué pasó? Que Trump acabó siendo nominado y de estos delegados nunca más se acordará nadie. ¿Cómo interpreta esto el cerebro de un votante que lleva meses recibiendo información sobre Trump? Hay muchas lecturas, desde caos hasta división, pero una idea que sin duda se va a reforzar en su mente es la de un Donald Trump nuevamente victorioso ante una vicisitud.
La prensa lleva más de un año diciendo que Trump no iba a llegar a ninguna parte: primero, que no iba a pasar del primer debate; luego, que sería imposible destronar a la dinastía Bush; más tarde, que los votantes republicanos se unirían en torno a uno de los candidatos en liza para frenarle; después, que aunque ganara las primarias no alcanzaría los delegados necesarios y habría una convención abierta. Y suma y sigue. Pero a estas alturas, el subconsciente de los votantes sólo ve esto de dos maneras: o Trump tiene una flor donde la espalda pierde su nombre o es un candidato brillante y un vencedor nato. De hecho, la gente ya no se pregunta si será capaz de superar un obstáculo –todos dan por hecho que lo hará–, la única pregunta es cómo lo hará, qué As se sacará de la manga.
Además, nótese cómo en este caso Trump ni siquiera ha tenido que hacer nada; simplemente las reglas del Partido Republicano establecen que él tenía que ser el nominado, sí o sí. Con lo cual, una vez más, la prensa, en su ánimo de hacerle daño, lo único que ha conseguido es reforzar esa imagen de Trump como estratega implacable y vencedor impertérrito. ¿Es bueno para un candidato a dirigir un país que la gente vea cómo uno tras otro supera todos los obstáculos habidos y por haber? Evidentemente sí, y más si lo comparamos con alguien como Hillary Clinton, cuya fama de estar cometiendo errores continuamente traspasa fronteras. De hecho, con ella la pregunta es quién la va a rescatar de un lío, si Obama, su marido Bill o el FBI.
Sigamos por el asunto Melania. Melania es la mujer de Donald Trump. El segundo día de convención dio un discurso del que en seguida se descubrió había sido plagiado de otro de Michelle Obama en 2008. ¿Qué pasó al día siguiente? Que su imagen estuvo en todas las televisiones y en las redes sociales junto a la de la actual primera dama de Estados Unidos.
¿Qué conexión hizo el cerebro de un estadounidense al ver a estas dos figuras juntas, en todas las cadenas de TV y a todas horas, leyendo el mismo discurso? Automática e irremediablemente, su subconsciente vio aquí a dos primeras damas. ¿Es bueno para Trump que la gente se imagine a su mujer como si ya fuera primera dama? Pues sí. Y es que aquí puede aplicarse la misma regla básica del márketing por la cual un vendedor de coches, en vez de preguntarte si te gusta un determinado modelo, te pregunta si te gusta más en manual o automático o en blanco o negro. Lo que está haciendo con ese pequeño truco es persuadirte para que des por hecho que el coche ya te gusta, y que sólo tienes que decidir si lo quieres de uno u otro color. Aunque parezca mentira, esta técnica tan simple funciona muy bien en ventas, y la campaña de Trump la usa constantemente.
¿Trump hizo esto adrede? No lo sé, aunque más bien creo que fue un golpe de suerte inconsciente. Es difícil creer que alguien pueda utilizar así a su propia mujer, poniéndola en una situación tan embarazosa delante de todo el planeta. Pero el hecho es que al final le ha beneficiado en parte. Sí, Melania Trump puede haber quedado como una primera dama plagiadora y poco cualificada, incluso ridícula, pero como una primera dama al fin y al cabo. Y eso convierte a Trump en un presidente. Y para el cerebro es más fácil votar a alguien si ya se lo imagina siendo presidente.
Vayamos ahora con el discurso de Ted Cruz. Una vez más, los medios de comunicación han vendido la negativa a apoyar a Trump por parte de este senador como otra prueba de que el Partido Republicano está dividido y vive en un caos interno. Y tienen razón. Y además la experiencia nos dice que a los votantes no les gustan los partidos divididos. Sin embargo, ya hemos visto que Trump juega con otras reglas, y que el caos en el fondo le beneficia. Y además, ¿qué pasó realmente con este discurso? Si nos fijamos, los titulares tras el mismo fueron dos: que Cruz se negó a avalar la candidatura de Trump y que salió abucheado de la convención.
¿Cómo puede ayudar esto a Trump desde un punto de vista emocional? Lo cierto es que Ted Cruz es un candidato demasiado escorado a la derecha, sin ninguna posibilidad real de ganar unas elecciones presidenciales a no ser que en frente tenga a un candidato que se declare comunista. Pero ahora mismo, Trump ya tiene garantizado el voto de esa derecha. O mejor dicho, ninguno de los votantes de Cruz va a contribuir a darle la presidencia a Hillary Clinton. En cambio, que alguien como Cruz, con esa pinta de predicador ambulante del Medio Oeste, se aleje de Trump sí puede ayudar a éste a rascar votos entre los votantes de Bernie Sanders.
¿Por qué? Uno de los mensajes más repetidos por los medios de comunicación durante toda la campaña ha sido, entre otras cosas, que estas elecciones son una contienda entre el sistema y el populismo. ¿Benefician a Trump las tensiones con los viejos cuadros y el establishment de su partido? De cara a los votantes que se sientan cómodos con el establishment, probablemente no. Pero de cara a los que quieren ver a un outsider en la Casa Blanca, seguramente sí. Y aquí es donde entran en juego los votantes de Bernie Sanders. Además, el hecho de que Cruz saliera abucheado de la convención contrubuye a esa imagen de Trump como un solucionador de problemas nato, alguien que siempre gana.
El caso de esta convención es sólo un pequeño ejemplo. Toda la campaña de Trump se ha basado en esa estrategia de apelar directamente a las emociones y olvidar por completo datos, cifras y razones. La misma propuesta de crear un muro gigantesco con una puerta preciosa en la frontera con México no es más que una forma visual de decirle a los electores que él va a reconstruir América. Y es que lo construya o no, lo que probablemente visualiza un votante cada vez que oye hablar de ese muro es una obra farónica, como las pirámides de Egipto, la muralla china o el mismo skyline de Nueva York. ¿Y qué evocan las obras faraónicas? Poder. Prosperidad. ¿Y qué saben de Trump los votantes? Que siempre consigue lo que quiere.
Parece mentira que a estas alturas de la película, los medios de comunicación aún no hayan entendido que el magnate no se rige por las reglas del juego habituales de la política. Siguen pensando que es tonto o que está loco, y es justo todo lo contrario. Trump utiliza la persuasión como nadie y es muchísimo más inteligente que todos los que llevan enterrándole y festejando su funeral político desde el minuto uno. De hecho, ese odio que despierta en sus adversarios y ese miedo que infunde en parte de la opinión pública son también emociones irracionales basadas principalmente en su forma de ser y hablar. En realidad, nada en su discurso ni en su trayectoria personal y profesional hace presagiar que vaya a ser un peligro o que sea una persona odiosa, desde luego no más que su contrincante. Por ejemplo:
- Él está en contra de la guerra y a favor de la ley y el orden, mientras que su rival no muestra reparos a la hora de bombardear países y parece estar cómoda con la inmigración ilegal.
- Él usa su propio Twitter y ella no es capaz de mandar un mail sin poner en riesgo la seguridad nacional.
- Él tiene una familia que le adora y parece salida de un anuncio y ella un marido que le pone los cuernos.
Nadie llega a donde ha llegado Trump siendo un loco o un tonto. Nadie llega a los 70 años con un imperio empresarial como el suyo siendo un idiota, un chiflado o actuando al tuntún. Se diga lo que se diga, de las alrededor de 500 empresas que ha creado, ha tenido que cerrar unas 10 ó 15, lo cual para un emprendedor que siempre está ensayando nuevos modelos de negocio es un éxito sin paliativos y seguramente sin precedentes. Ha triunfado en la construcción, en la hostelería, en la televisión; sus libros son best sellers y ahora está triunfando también en la política. Y sin apenas haber invertido un dólar en su campaña, simplemente manejando a su antojo a la misma prensa arrogante que se ríe de él. Ella es su mejor aliado. Los periodistas y politólogos harían bien en estudiar a Trump y aprender de él en lugar de celebrar una derrota que parece que nunca llega.
lunes, 11 de julio de 2016
La clave para detectar un montaje
Hoy, los foros y medios de comunicación nacionalistas se han hecho eco de una historia según la cual ayer un socorrista de Palamós (Gerona) se negó a atender a una madre y su hijo porque le hablaron en catalán.
¿Montaje o realidad? La clave para detectar un montaje mediático es rechazar la narrativa imperante y examinar lo que sabes del ser humano. La narrativa, sobre todo después del caso Baleària, es que en Cataluña hay ‘fachas’ que se niegan a atender a otras personas en catalán. ¿Qué nos dice en cambio el comportamiento humano? Examinemos la situación desde los dos puntos de vista, el del socorrista y el de la madre:
Más tarde, han aparecido estas dos versiones de lo sucedido, la de la empresa que gestiona la seguridad de la playa y la de una supuesta testigo de los hechos. Desde el punto de vista humano, a mí me parece bastante más verosímil esto que la versión del malvado español catalanófobo.
Está claro que surgirán más historias como ésta. Y además, mucha gente estará encantada de creérselas y darles pábulo, pues encajan perfectamente con el prejuicio nacionalista de que el castellanohablante invasor es malo. Pero basta conocer un poco el comportamiento humano para ver que estas historias no suelen tener ni pies ni cabeza.
¿Montaje o realidad? La clave para detectar un montaje mediático es rechazar la narrativa imperante y examinar lo que sabes del ser humano. La narrativa, sobre todo después del caso Baleària, es que en Cataluña hay ‘fachas’ que se niegan a atender a otras personas en catalán. ¿Qué nos dice en cambio el comportamiento humano? Examinemos la situación desde los dos puntos de vista, el del socorrista y el de la madre:
- Eres socorrista en un pueblo independentista y alguien te pide ayuda en catalán. ¿Te juegas tu trabajo y te arriesgas a que te hagan la vida imposible en el pueblo sólo por sentir la satisfacción de fastidiar a una desconocida? Tal vez si eres un total inconsciente. ¿Y a cuántos inconscientes conoces que se dediquen a socorrer vidas?
- En cambio eres una madre nerviosa porque a su hijo le acaba de picar una medusa y un socorrista te dice que vayas al puesto de la Cruz Roja, que él no tiene medios para atender picaduras de medusa y que además no puede desatender la torre de vigilancia. ¿Qué haces? Seguramente, te pones más nerviosa, te enfadas con él y te desahogas como puedes.
Más tarde, han aparecido estas dos versiones de lo sucedido, la de la empresa que gestiona la seguridad de la playa y la de una supuesta testigo de los hechos. Desde el punto de vista humano, a mí me parece bastante más verosímil esto que la versión del malvado español catalanófobo.
Está claro que surgirán más historias como ésta. Y además, mucha gente estará encantada de creérselas y darles pábulo, pues encajan perfectamente con el prejuicio nacionalista de que el castellanohablante invasor es malo. Pero basta conocer un poco el comportamiento humano para ver que estas historias no suelen tener ni pies ni cabeza.
viernes, 1 de julio de 2016
Después de las elecciones
El Partido Popular venció las elecciones transmitiendo la idea de que es el único partido capaz de dar tranquilidad al país. Ahora mismo, el estado de ánimo general del electorado es que poco a poco nos estamos recuperando de una crisis monumental y que lo último que necesita España es una aventura de final incierto, por muy bonita que suene. Pero a diferencia de lo que se sostiene en tertulias y mesas de debate, el PP no convenció a los votantes con su ‘campaña del miedo’, o no sólo, sino sobre todo con su actitud pasiva durante las negociaciones de cara a la investidura. El simple hecho de quedarse quieto mientras los demás hacían ruido y la prensa se ponía nerviosa fue más eficaz que cualquier consigna a la hora de persuadir al electorado de que Rajoy es el mejor candidato para manejar este momento de ansiedad colectiva e incertidumbre.
Como digo siempre, en política los hechos no importan. Los partidos que basan sus campañas en hechos y datos objetivos no tienen la menor posibilidad de ganar. El caso más reciente lo tenemos en UPyD, que se ha estrellado varias veces hasta el punto de desaparecer repitiendo cifras y propuestas muy argumentadas y lógicas. La realidad es que los hechos sólo sirven para ayudar a reafirmar al votante una vez se ha decantado por una de las opciones. Lo realmente importante en política es conectar emocionalmente con los votantes. De ahí que el Brexit haya ganado en el Reino Unido o que un candidato como Donald Trump haya arrasado en las primarias del Partido Republicano en EE.UU. En el caso español, está claro que el PP ha sido el partido que mejor ha sabido conectar con el estado de ánimo del país. Incluso la campaña diaria de La Sexta durante años, con todos esos tertulianos indignados diciendo que todo está mal y que España no hay por dónde cogerla, irónicamente y gracias al carácter templado de Rajoy ha ayudado al PP a sortear la hecatombe general en perjuicio las opciones ‘del cambio’, en especial a las que más ruido han hecho, esto es, de Podemos y Ciudadanos.
Así pues, en este momento en el que los partidos de la oposición están digiriendo sus malos resultados, me voy a permitir darles un par de consejos. En primer lugar, les sugiero que dejen de hacer análisis demoscópicos y empiecen a leer mi blog. Lo que ha pasado es lo que he descrito arriba y lo que llevo diciendo en mis últimas entradas. Nada más. Las elecciones no se ganan apelando a la razón, se ganan persuadiendo al votante. Basta con analizar el estado de ánimo de la sociedad y darle lo que pide a nivel emocional. Ahora mismo, lo que quiere la mayoría de la sociedad española es un poco de tranquilidad. Eso es todo. Estamos saliendo de una crisis, llevamos dos años ininterrumpidos de campaña electoral y en la televisión todo son gritos y malas noticias, incluyendo los programas deportivos y de cotilleos. Encima acaba de llegar el verano, las rutinas de la gente cambian, y eso, aunque parezca mentira, aumenta nuestro nivel de ansiedad (de ahí que tantas parejas rompan en esta época). En definitiva, el votante medio está deseando poder decir ‘por fin’.
Si los partidos políticos y sus satélites mediáticos se empeñan en repetir el circo de las dos anteriores legislaturas, es muy probable que en las próximas elecciones el PP de Rajoy logre la mayoría absoluta más abultada de la historia española, ya sea dentro de 3 meses o de aquí a 4 años. Por tanto, mi consejo para Sánchez, Iglesias y Rivera es que desde ya mismo se relajen, faciliten un gobierno lo más estable posible, hagan una oposición tranquila y busquen buenos expertos en persuasión que les permitan llegar fuertes a la próxima cita con las urnas. Nadie va a dejar de votar a un partido dentro de cuatro años porque hoy apoye una u otra medida. Para empezar, porque incluso el más sectario de los votantes tiene memoria de pez, y si un partido cuenta con un buen experto en persuasión (si está familiarizado con la hipnosis, mejor que mejor) bastan unos pocos meses, incluso semanas, para que ese votante vuelva al redil o cambie de opinión. No hay más que ver cómo ha cambiado la correlación de fuerzas en el Congreso en apenas 6 meses.
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¿Eres de los que corta con su pareja en verano? Alquila un avión privado con tus amigos y disfruta de unas vacaciones como Dios manda en Ibiza.
Como digo siempre, en política los hechos no importan. Los partidos que basan sus campañas en hechos y datos objetivos no tienen la menor posibilidad de ganar. El caso más reciente lo tenemos en UPyD, que se ha estrellado varias veces hasta el punto de desaparecer repitiendo cifras y propuestas muy argumentadas y lógicas. La realidad es que los hechos sólo sirven para ayudar a reafirmar al votante una vez se ha decantado por una de las opciones. Lo realmente importante en política es conectar emocionalmente con los votantes. De ahí que el Brexit haya ganado en el Reino Unido o que un candidato como Donald Trump haya arrasado en las primarias del Partido Republicano en EE.UU. En el caso español, está claro que el PP ha sido el partido que mejor ha sabido conectar con el estado de ánimo del país. Incluso la campaña diaria de La Sexta durante años, con todos esos tertulianos indignados diciendo que todo está mal y que España no hay por dónde cogerla, irónicamente y gracias al carácter templado de Rajoy ha ayudado al PP a sortear la hecatombe general en perjuicio las opciones ‘del cambio’, en especial a las que más ruido han hecho, esto es, de Podemos y Ciudadanos.
Así pues, en este momento en el que los partidos de la oposición están digiriendo sus malos resultados, me voy a permitir darles un par de consejos. En primer lugar, les sugiero que dejen de hacer análisis demoscópicos y empiecen a leer mi blog. Lo que ha pasado es lo que he descrito arriba y lo que llevo diciendo en mis últimas entradas. Nada más. Las elecciones no se ganan apelando a la razón, se ganan persuadiendo al votante. Basta con analizar el estado de ánimo de la sociedad y darle lo que pide a nivel emocional. Ahora mismo, lo que quiere la mayoría de la sociedad española es un poco de tranquilidad. Eso es todo. Estamos saliendo de una crisis, llevamos dos años ininterrumpidos de campaña electoral y en la televisión todo son gritos y malas noticias, incluyendo los programas deportivos y de cotilleos. Encima acaba de llegar el verano, las rutinas de la gente cambian, y eso, aunque parezca mentira, aumenta nuestro nivel de ansiedad (de ahí que tantas parejas rompan en esta época). En definitiva, el votante medio está deseando poder decir ‘por fin’.
Si los partidos políticos y sus satélites mediáticos se empeñan en repetir el circo de las dos anteriores legislaturas, es muy probable que en las próximas elecciones el PP de Rajoy logre la mayoría absoluta más abultada de la historia española, ya sea dentro de 3 meses o de aquí a 4 años. Por tanto, mi consejo para Sánchez, Iglesias y Rivera es que desde ya mismo se relajen, faciliten un gobierno lo más estable posible, hagan una oposición tranquila y busquen buenos expertos en persuasión que les permitan llegar fuertes a la próxima cita con las urnas. Nadie va a dejar de votar a un partido dentro de cuatro años porque hoy apoye una u otra medida. Para empezar, porque incluso el más sectario de los votantes tiene memoria de pez, y si un partido cuenta con un buen experto en persuasión (si está familiarizado con la hipnosis, mejor que mejor) bastan unos pocos meses, incluso semanas, para que ese votante vuelva al redil o cambie de opinión. No hay más que ver cómo ha cambiado la correlación de fuerzas en el Congreso en apenas 6 meses.
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lunes, 27 de junio de 2016
Resultados 26J
Veo a muchos amigos de Facebook muy sorprendidos con el resultado electoral de ayer. Yo no lo estoy tanto, y el que siga mi blog tampoco debería estarlo. ¿Qué ha pasado? Olvidemos la ideología, la corrupción, etc. La mente humana no piensa en esos términos, especialmente en política, sino que toma decisiones basadas en vivencias, emociones y modas y a partir de ahí las racionaliza. Por eso podemos votar con la conciencia tranquila a un partido que ha robado millones o a otro que defiende dictaduras ruinosas. Cada uno pone los argumentos y las prioridades donde mejor se ajusten a lo que ha elegido de antemano.
En mi opinión, la palabra clave en estas elecciones es incertidumbre. Ahora mismo, el estado de ánimo del país es que poco a poco nos estamos recuperando de una crisis brutal. Puede ser verdad o no, no importa. Lo único cierto es que ésa es la percepción mayoritaria. El votante teme que esto pueda saltar por los aires y lo último que le apetece son aventuras, por muy bonitas y mágicas que éstas suenen. Durante estos meses, hemos visto cómo tres partidos iban dando tumbos —ahora pacto contigo, ahora no, ahora quiero esto, después ya veremos— mientras otro permanecía quieto.
El subconsciente de la mayoría ha traducido esto como inestabilidad frente a certidumbre, y como dice el refrán, en tiempos de tribulación mejor no hacer mudanza. Dicho de otro modo, en este momento, en la mente del votante, el país no está ni tan mal como para jugársela al ‘peor no nos puede ir’ (caso de Grecia con Tsipras) ni tan tranquilo como para que no cause inquietud que gente muy joven y muy de moda pero sin ninguna experiencia de gobierno se haga cargo de una economía en la cuerda floja.
En este post que escribí tras el debate a cuatro predije con bastante exactitud lo que iba a pasar.
PD: Es muy triste que gente joven se esté dedicado a despreciar e incluso a desear la muerte de 'los viejos que votan al PP' en las redes. Y además no tiene sentido, porque los jóvenes progresistas de hoy también serán conservadores mañana. A la gente mayor no le gusta el riesgo, ni en política ni en ningún otro aspecto de la vida.
En mi opinión, la palabra clave en estas elecciones es incertidumbre. Ahora mismo, el estado de ánimo del país es que poco a poco nos estamos recuperando de una crisis brutal. Puede ser verdad o no, no importa. Lo único cierto es que ésa es la percepción mayoritaria. El votante teme que esto pueda saltar por los aires y lo último que le apetece son aventuras, por muy bonitas y mágicas que éstas suenen. Durante estos meses, hemos visto cómo tres partidos iban dando tumbos —ahora pacto contigo, ahora no, ahora quiero esto, después ya veremos— mientras otro permanecía quieto.
El subconsciente de la mayoría ha traducido esto como inestabilidad frente a certidumbre, y como dice el refrán, en tiempos de tribulación mejor no hacer mudanza. Dicho de otro modo, en este momento, en la mente del votante, el país no está ni tan mal como para jugársela al ‘peor no nos puede ir’ (caso de Grecia con Tsipras) ni tan tranquilo como para que no cause inquietud que gente muy joven y muy de moda pero sin ninguna experiencia de gobierno se haga cargo de una economía en la cuerda floja.
En este post que escribí tras el debate a cuatro predije con bastante exactitud lo que iba a pasar.
PD: Es muy triste que gente joven se esté dedicado a despreciar e incluso a desear la muerte de 'los viejos que votan al PP' en las redes. Y además no tiene sentido, porque los jóvenes progresistas de hoy también serán conservadores mañana. A la gente mayor no le gusta el riesgo, ni en política ni en ningún otro aspecto de la vida.
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